martes, 17 de marzo de 2015

Recuerdos de un cangrejo gigante*


"El vecino más grande que imaginé te­ner: el estadio de fútbol. De noche parecía una nave espacial desmantelada. De día, se podían ver sus dos rampas como dos tenazas y entonces semejaba a un cangrejo gigante".
 
Por: Erick Rodríguez Marrugo


Nos mudamos a la nueva casa en 1984, cuando yo aún no cumplía los 7 años. Era una casa pequeña en la que por fin tendría un cuarto para mí sólo, alejado de los berrinches de mi hermano menor. Los primeros días, sin embargo, no dormí nada porque preferí quedarme mirando a través de la ventana al vecino más grande que imaginé tener: el estadio de fútbol. De noche parecía una nave espacial desmantelada. De día, en cambio, con el sol en pleno, se podían ver sus dos rampas de acceso como dos tenazas y entonces semejaba a un cangrejo gigante. 


Aunque fui un niño poco sociable, conseguí amigos de urgencia para poder ir en tropa, y sin miedo, a conocer a aquel ingente animal. Estaba tan estropeado que no era necesario acceder por las puertas principales porque el tiempo le había taladrado las paredes y tenía huecos enormes por donde entrábamos en fila india. Llevábamos balones de caucho a medio inflar y jugábamos sin reglas en aquella cancha infinita donde la yerba no prosperaba. Cuando nos cansábamos del sol nos íbamos a brincar en las graderías de sombra que se habían agrietado de sole­dad. Me parecía insólito que aunque el estadio no era tan viejo, a lo sumo podría tener la edad de mi madre (que se veía lozana y sin grietas), parecía tan desvencijado como las murallas.


Al comienzo creí que aquel gigante tenía propietario: un indiferente señor llamado Pedro de Heredia cuyo nom­bre se veía en grande en la parte más alta y frontal. Luego en una clase de sociales la profesora me sacaría de mi ingenuo anacronismo. Para saldar cualquier duda remató diciendo: “Además a Don Pedro de Heredia ni siquiera le gustaba el fútbol”. Ese día entendí que mi descomunal vecino se estaba desmoronando porque, a diferencia de todas las cosas del mundo, él no tenía un dueño.


Por no tener dueño cualquiera podía ingresar sin per­miso. Mi padre iba cada mañana, encajado en su sudade­ra azul, muy temprano antes de que el sol despertara. Los sábados yo lo acompañaba y lo veía dar veinte vueltas completas sobre la pista, esa órbita de arena y guijarros donde gravitaban también muchos otros padres. Sentado sobre la arena olvidada, a un costado de las graderías, lo esperaba mientras el cielo iba otorgando, de a poco, la luz al mundo y formas. A veces intentaba correr a su lado, él aseguraba que el ejercicio me haría vivir mucho más tiempo, pero jamás pude dar un giro entero porque el corazón se me salía por la boca y porque, además, a esa edad, no me afectaban los apremios del tiempo, la salud y la muerte.


Mi madre también lo visitaba algunas tardes, pero no a dar vueltas medicinales en la pista de correr sino a hacer compras para cocinar. Esto gracias a que afuera se ar­maban mercados itinerantes donde se podían adquirir le­gumbres atardecidas y frutas que yo aún no conocía. Fue por esos días que supe de la existencia de la “berenjena” una fruta oblonga que sólo mi padre comía, y la “guama”, una serpiente disecada con perlas de terciopelo adentro. Luego, al anochecer, el mercado se iba por donde había llegado y quedaba un basurero de vegetales por todas las rampas que luego la brisa barría sin orden y que los perros sin destino husmeaban con desgano. 


 Años después alguien trajo el fútbol de la televisión al estadio. Llegó un equipo foráneo que andaba buscando algún escenario huérfano dónde jugar. Intentaron dejar­lo presentable pero todo lo que hicieron fue maquillarlo sin gusto y, si mal no recuerdo, fue en esa época que lo pintaron con franjas verdes, amarillas y rojas. Me hacía recordar a los cacharros llenos de frutos ácidos que co­merciaban en los mercados itinerantes. Habría sido pre­ferible pintarlo con el color de la berenjena que, al menos, con el resplandor del medio día no empalagaba los ojos. Sólo de noche podía mirársele con sosiego, sin fastidio, y detallarse sus formas esmaltadas de luna. Mi madre me reprendía porque, bien que mal, aquellos eran los colores de la bandera de la ciudad. Posteriormente, o el cielo me hizo caso o a la ciudad le cambiaron la bandera, porque unos hombres ves­tidos de astronauta, le qui­taron aquella piel de circo y lo dejaron tal cual como antes.


Con la llegada del fút­bol la hierba de la cancha prosperó, sin lluvias, por arte de magia. Pero no pudimos aprovecharla porque en pocas horas sellaron los huecos de las paredes que el tiempo nos había regalado. Sólo abrieron las puertas en las mañanas para que mi padre, y todos los demás pa­dres, trotando, le hicieran trampa a la muerte. Yo seguí entrando de cuando en cuando, incluso después de que él dejo de ir, en especial porque el insomnio de la adoles­cencia me azuzaba las madrugadas y yo corría y corría, ahora sí, durante muchas vueltas, por la misma trayec­toria por donde huían mis sueños. Los domingos nunca volvieron a ser iguales, esos estados de tranquilo calor en los que los vecinos sacaban sus sillas a las terrazas para despedir al sol. El barrio era ocupado por escuadrones de policías que cercaban las calles con caballos de fantasía y muros de hojalata para evitar a los fanáticos gratuitos. Después de los partidos solían armarse en las aceras, ri­ñas de aficionados enardecidos porque el equipo perdió o porque empató o porque ganó, y en este cotejo espon­táneo, no había balones ni árbitros, como dentro del esta­dio, sino piedras mortales y policías espantados. 


De repente llegó el campeonato mundial y alguien de­cidió que lo mejor era desmoronarlo casi por completo y armarlo nuevamente. Después de muchos camiones con arena y piedras quedó tan bien logrado como una maque­ta. Sin embargo cerraron sus puertas incluso en la mañana para que el recuerdo de nadie entrara y le cambia­ron el nombre por otro aún más desconocido (incluso para mi vieja profesora de sociales). Ahora, a los que quieren vivir más les ha to­cado dar vueltas en plena calle, despertando al día con sus pasos presurosos, esquivando taxis y ladrones desvelados. Mi madre no encontró en otro sitio be­renjenas esenciales y los nuevos niños del barrio no saben de canchas infinitas. A veces, en mis noches de insomnio, concilio el sueño imaginando que corro so­bre aquella pista de arena y guijarros sedantes. Otras veces, cuando alguien inte­rrumpe mi soledad y quiere saber en qué pienso, inva­riablemente respondo “en la inmortalidad del cangre­jo”. Entonces me asomo en la ventana del cuarto, con la misma mirada de niño de los primeros días, notando cómo todos los recuer­dos de mi infancia y todas las añoranzas de mi adolescencia, se resisten a apagarse.

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*Publicado originalmente en la edición Nº 6 de Cabeza de Gato, especial Memorias del Futuro; léalo completo aquí

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