martes, 3 de junio de 2014
lunes, 21 de abril de 2014
En la piel de Teresa
La vuelta breve se mete en la piel de Teresa. Un relato/relfexión que describe la vida de una mulata cartagenera de clase media, en una ciudad todavía amurallada por los prejuicios.
Por: Carolina Castro del Río
Teresa es una joven de Cartagena, criada en uno de los barrios de esa ciudad desconocido por el resto del país, al carecer de atracciones turísticas y porque sus habitantes no están muriéndose de hambre. Tiene todos los rasgos de una afrodescendiente: pelo crespo, piel oscura, caderas anchas, cintura delgada, trasero grande, nariz chata; sin embargo, ella, al mirarse al espejo, prefiere ver otra cosa.
Por: Carolina Castro del Río
Teresa es una joven de Cartagena, criada en uno de los barrios de esa ciudad desconocido por el resto del país, al carecer de atracciones turísticas y porque sus habitantes no están muriéndose de hambre. Tiene todos los rasgos de una afrodescendiente: pelo crespo, piel oscura, caderas anchas, cintura delgada, trasero grande, nariz chata; sin embargo, ella, al mirarse al espejo, prefiere ver otra cosa.
De niña no le
gustaba ir al colegio. Tenía una compañerita que cada día, durante toda la
primaria, le repitió: “tienes el pelo como un bombril”. Más de veinte veces
suspendieron a Teresa por intentar defenderse de los insultos de aquella niña.
Para el
bachillerato su padre logró meterla en un colegio de monjas. La directora de la
institución, de origen Alemán, pese a dedicar su vida al Señor, parecía prima
hermana de Hitler. No estaba acostumbraba a tener afrodescendientes entre sus
estudiantes. Recibió a Teresa porque su padre se comprometió a pagar
puntualmente, lo que no salvó a Teresa de recibir un trato, digamos, especial.
Todos los días, antes de clase, debía charlar con la madre superiora acerca de
su imagen. No importaba cuán impecable fuera su presentación, para la madre
superiora nunca era suficiente, y la obligaba a rezar no sé cuántos Padre Nuestro,
y hacer mil planas, repitiendo, “debo lustrar mis zapatos, peinarme el cabello,
planchar mi uniforme”. No sé si los insultos o los maltratos continuos de las
monjas influyeron en la forma de verse a sí misma, pero a Teresa no le gusta que
la llamen negra, lo considera una ofensa. Para describirse o describir a su
familia, prefiere otras palabras, “morenitos” o “trigueñitos”, como queriendo
atenuar su realidad étnica.
Hoy día, Teresa
asiste a una universidad privada. Sus padres pagan el semestre con esfuerzo.
Habría podido optar por alguna beca destinada a afrodescendientes, pero piensa
que hay gente con la piel más oscura que necesitará esa beca más que ella. En
la universidad Teresa también es objeto de discriminación. Todavía en Cartagena
la extracción social y el color de piel pueden jugar en contra de una persona.
Su madre le insinúa
que ya es hora de conseguir novio. Le ha dejado claro que si conquista un
blanquito pelo liso, mejor.
Quisiera
entender a Teresa, entender por qué se avergüenza de su raza, como si representara
una maldición. Quisiera que al mirarse al espejo se sintiera orgullosa de su
estampa y recordara que también le incumbe reclamar los derechos que a su
estirpe le fueron negados por siglos. Sin embargo, ella prefiere pensar en
Robertico, un compañero de clase que le gusta. Un muchacho de piel clara, que
vive en un barrio “bien” y que le hace ojitos. El candidato perfecto para
contentar a su mamá y, según cree Teresa, lograr que sus compañeros de
facultad por fin dejen de mirarla raro.
viernes, 18 de abril de 2014
La Tierra sin Gabo
Me entero de la muerte de Gabo a través de la radio. Una cosa rarísima. Enterarse del mundo a estas alturas del 4G a través de la radio. Me encontraba en Playa Blanca, Barú, uno de esos paraísos (todavía) donde el único servicio público es el mar. En una isla sin agua potable, sin electricidad, con poquísima señal de celular y ninguna de internet, la noticia de la muerte de Gabo me encontró a través del único medio disponible: La radio.
Salía
de Playa Blanca en el carro de una de mis mejores amigas, un vehículo en el que
nunca se enciende la radio, pues el aparato sólo se usa para reproducir música
desde una memoria USB. Nos disponíamos a regresar a Cartagena luego de dos días
en la isla, cuando tras discutir un poco acerca de su selección musical, le
pedí a mi amiga que mejor sintonizara la radio. Buscamos la señal de Radiónica
y ahí estaba Tato Cepeda, leyendo un fragmento de Cien años de Soledad. Inicialmente
pensé que se trataba de algún especial acerca de la obra, como varios que se
habían hecho por esas fechas, desde el reciente cumpleaños del autor. Sin
embargo, al terminar el fragmento, Tato lamentó la muerte de Gabo, que acababa
de ocurrí ese 17 de abril, a las dos de la tarde de un jueves santo, en Ciudad
de México.
Los puñetazos
de peso pesado que propinaba el sol se ensombrecieron ante la gran tristeza y
el desamparo que me produjo la noticia. Mientras estaba en una isla,
desconectado del mundo, el mundo se había quedado sin uno de sus más grandes
escritores, mi favorito. Me sentí como un astronauta que luego de varios meses
en el espacio, totalmente desconectado de noticias, volvería a la Tierra para
encontrarse con un planeta totalmente distinto, la Tierra in Gabo.
Tendría
15 años cuando empecé a leer al Nobel. “El Coronel no tiene quien le escriba”
fue nuestro primer acercamiento. Leer el último renglón de su última página, tan
literalmente visceral, fue el knock out
metafísico que marcó un antes y un después en mi vida, pasar de la edad de la
inocencia al uso de razón literario.
Gabo
fue mi primera compañía literaria de verdad, mi maestro de lectura y escritura.
Después de El Coronel no pude parar
hasta leer el último de sus títulos. Su relación de orfebre con la palabra, su
relación de sastre con la palabra, su majestuosa carpintería con la palabra, sembraron
en mí las ganas de incursionar también en esa venerable labor de artesanía.
Gabo
será mi compañía literaria siempre. Gran parte de la manera en la que me aproximo
al mundo para luego traducirlo en palabras se la debo a sus libros. Esta
costumbre de tratar de fijarme en todo con asombro, de desear un registro de
los pequeños detalles como grandes experiencias estéticas, esa noble manía de exagerar
un poco la realidad para subirla al peldaño de la poesía, se la debo a la
lectura de sus 11 novelas y 38 cuentos publicados; una pócima con el efecto,
inevitable e incurable, de hacer del lector un admirador del mundo con invariables
ojos de enamorado.
Haber
nacido en Cartagena, vivir en Cartagena, nunca fue lo mismo luego de leer El
amor en los tiempos del cólera o Del amor y otros demonios. Cómo no desarrollar
una relación más sensible con la historia humana y monumental de la tan llamada
Heroica, luego de visitarla en las páginas de mis libros favoritos. Cartagena
se me transformó entonces de hermosa y problemática, a hermosa, problemática y
mitológica por cuenta del artista que mejor pudiera inmortalizarla.
En este
oficio de escribir en el que uno mismo escoge sus padres literarios, yo tuve la
suerte de encontrar uno muy cercano, nacido en el Caribe colombiano como yo,
con una infancia bajo el sol y bordeada por el mar como la mía, llena de historias
de abuelos rurales como la mía, en últimas, tan costeño como yo y con una
manera de escribir y de relacionarse con sus lectores tan amorosa, que antes de
tener cédula de ciudadanía, me convencieron de que algún día yo podría ser tan
genial como él.
Ahora
son 24 veces 60 minutos desde la noticia de su partida. Un tiempo que me ha
servido para, en medio de la tristeza y el desamparo inicial, darme cuenta de
una gran fortuna, las paternidades literarias no admiten orfandad. Los de mayor
estatura en el arte de la palabra, a pesar de la muerte, no abandonan a sus
hijos, simplemente los delegan a la custodia de sus obras. Y qué buena fortuna,
otra vez, que se trate de una obra que no caducará jamás. Quienes compartimos el
cariño filial por el fundador de Macondo tenemos entonces una garantía: La
Tierra sin Gabo no será un lugar demasiado solitario, pues en ella permanecerá el
legado multidisciplinar de un hombre que desde ayer empezó a hacerse vivo entre
los inolvidables.
martes, 15 de abril de 2014
14 apuntes por culpa del eclipse
Como si nos hubiéramos conseguido el Whatsapp de la Luna.
Canciones, amores, distancias, promesas, felicidad y lados oscuros. 14 mensajes
recibidos por parte de la Luna durante el eclipse.
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7. La luna
es también un sinónimo de amparo. Parece el ojo de una entidad más grande que
nosotros que nos cuida.
11.Los amantes se prometen la luna. Prometen bajarla
como un regalo. Prometen que será un destino para viajar juntos. Se suele
confundir el amor con un montón de promesas que confortan pese a saber que
jamás se cumplirán.
1. La Luna
es un asunto de melancólicos. No en vano casi todas las canciones que hablan de
ella envuelven una gran tristeza.
2. La
Luna es algo hermoso que parece estar tan cerca y, sin embargo, hace falta
mucho más que un brinco para tocarla.
3. La
Luna administra su luz, mostrándose de frente o perfil según da vueltas bailando
su cumbia. Nosotros, desde abajo, la deseamos con el vicio de una mosca por los
bombillos.
4. Contemplar
la luna es sentirse diminuto ante la distancia que nos separa.
5. Deseo
y distancia han sido siempre nuestro trago en las rocas de la tristeza. ¿Cuántas
botellas de ese trago no han bebido los poetas?
6. La luna
es la señal de tránsito de la felicidad; indica cómo luce, da una idea de dónde
está y aún así no enseña nada acerca de cómo hacer para alcanzarla.
7. La luna
es también un sinónimo de amparo. Parece el ojo de una entidad más grande que
nosotros que nos cuida.
8. Cantarle
a la Luna envuelve siempre una pregunta. Ella, con todo lo que ve, tal vez sea la
dueña de las respuestas que buscamos.
9. En
las noches nubladas es como si el ojo del cielo estuviera cerrado. Tememos entonces
que nada vele por nosotros.
10. Me
gusta pensar que en las noches nubladas, la luna, detrás de sus parpados de humo,
nos sueña.
11.Los amantes se prometen la luna. Prometen bajarla
como un regalo. Prometen que será un destino para viajar juntos. Se suele
confundir el amor con un montón de promesas que confortan pese a saber que
jamás se cumplirán.
12. Los amantes
prometen la luna como si se tratara de un asunto de luz solamente. Olvidan mencionar
que quien regala la luna regalará también su lado oscuro.
13.Desear
también el lado oscuro de la luna es tarea para quienes aman de verdad y no
para quienes viven de promesas.
14. Conocer,
entender y aceptar el lado oscuro (el de la luna y el propio) es amar de verdad
y cuando se ama de verdad desaparecen todas las distancias, aunque eso también
suene como una promesa.
lunes, 14 de abril de 2014
La soportable levedad de Dios*
Una mirada distinta acerca de la Semana Santa. Justo para comenzar estos siete días de reflexión y re-cogimiento.
Por:
Jairo Gutiérrez Bossa
¡Se
viene Semana Santa!, dijo mi abuela hace unos días vía celular. Ella es una
mujer de ochenta y cuatro años muy, creyente en el pantocrátor llamado Dios.
Vitalizada por las arrugas, la cojera y una vista que se diluye lentamente en
el espacio, es de las que comen hostia, compran las ramitas de un árbol que se
extingue y dan la paz a una persona que de pronto sea un violador, un asesino o
un simple uribista. Adoro a la vieja Amelia y respeto su devoción al espíritu
de cuatro letras. Sin embargo, en una ocasión le escuche decir: “Dios en esta
región (Caribe) sería un pervertido”, máxima que me permitió negar mi ateísmo y
afirmar que el valor y significado de Dios radica en el des-creer de él. Este
des-creer, más que una cuestión ética, es producto de una ambigüedad estética,
reflejada en la contemplación, visible desde lo evocativo y satisfactorio desde
lo extraño.
Dios
y Jesús habitan en el mundo poéticamente, aproximándonos a Hölderlin. Lo
poético implica la pasión, el placer, el deseo, la imaginación, la fantasía y
lo simbólico; en ese sentido, es difícil -y para mí imposible- creer en un Dios
vengativo, rencoroso y uribista, o en un Jesús golpeado, vituperado,
ensangrentado, humillado, cobarde y escupido como esa cosa desagradable y
anti-estética del señor caído de Monserrate. Particularmente reniego de ese
Jesús y de ese Dios, prefiero asimilarlos a un tío y un abuelo alcahuetas que
permiten que sus sobrinos y nietos se masturben mutuamente y que les enseñan
que la vida y el amor es una cuestión de penetrar y ser penetrados; esta puede
ser una invitación homo-erótica, pero también es una convidada a que amar al
prójimo es una cuestión de reciprocidad, placer y deseo. Ideas que no enseña la
nueva especie de primates Australopithecus Sacerdos; estos grasosos y godos
como el Monseñor Rubia-ano, que en varias alocuciones televisivas y radiales
muy cristianamente impulsa al gobierno a que exterminen a los guerrillos y
paracos, no niego que se lo puedan merecer, pero que venga de un hombre que es
un oráculo del pensamiento supremo que dicta “ama a tu prójimo”, creo que no es
válido; para mí un sacerdote es una especie fallida sin ningún valor
espiritual. Así que para esta Semana Santa tengamos un Dios y un Jesús más
íntimo a la inmanencia de cada sujeto; un Yeshúa que no sólo evangelizaba, sino
que bailaba, se reía, lloraba, que era voyerista y que se daba sus gusticos
carnales con María Magdalena, pues un hombre que sufrió tanto en la cruz, en
algún momento se le tuvo que parar la verga.
Creo
en lo que dijo Jacques Lacan: “Dios está en la verga” y también está en los
cielos, en la tierra, en los árboles, en el viento, en un buen vino tinto
Casillero del Diablo, en un whiskey y hasta en la misma mierda, en todos lados
están Dios y Cristo. Así que en este viernes santo que se devela sin detenerse
en este calendario apocalíptico que tenemos, pues frotémonos con nuestras
parejas, sean cuales sean: hombre con hombre, mujer con mujer, en el mismo
sentido y en el modo contrario y penetremos, eyaculemos, comamos carne, veamos
películas de Esperanza Gómez, leamos a Bataille, rasquémonos el culo con la cruz
en la mano, y recemos para que saquen de la televisión a la brocha y
químicamente bruta “Negra Candela” (que debe tener halitosis) y al asqueroso,
triste, melancólico y calvo ignorante de Jota Mario. Pero también imploremos
por nuestras perversiones, fijaciones y pulsiones en nombre del padre, del hijo
y del espíritu santo y digamos amén cuando nos vengamos, porque, como dijo mi
abuela, también Dios es pervertido.
Sí,
pervertido, es decir, el barbón bajó de los cielos a copular con María que ya
estaba casada con José y la preñó. Se imaginan lo bueno que sería ese polvo,
Dios se consagraría en la actualidad como el mejor actor porno del mundo y fue
tan buen amante y efectivo que se comió a María y la dejó virgen, cuántos
hombres no quisieran esa habilidad. Por algo es el todopoderoso.
Ahora
bien, este pervertir no se debe digerir como un comportamiento estrictamente
sexual, negativo e inadecuado. Asimilen la noción de perversión desde un
sentido más estético y contemplativo; es decir, como un desviar alguna conducta
considerada normal o deseable que busca ante todo una dialéctica que, desde el
sentido Morin, es Superación; en consecuencia, la perversión de Dios y de Jesús
busca redefinir, restablecer, reinventar al ser, dejar de ser racionales y ser
más sensibles ubicándonos en lo que Milan Kundera llamo Nesnesitelná lehkost
bytí (La Insoportable levedad del Ser). El pervertir es des-creer y éste es un
corromper. Un cuerpo no puede modificarse si algo no lo corrompe dice
Aristóteles en el De Caelo y Dios necesita de nosotros para corromperse, para
tener una verdadera disminución y reducción a su existencia y poder anclarse en
las creencias contemporáneas, para así seguir vivo en todos los estadios del
individuo y tener así una Soportable Levedad de su Ser. Esto lleva a decir que
Dios está más allá del bien y del mal; Dios no ha muerto, como pensó Nietzsche,
Dios sólo se corrompió, se pervirtió y ahora es más íntimo, es más de nosotros;
por eso no hay que creer en sacerdotes y las iglesias deben convertirse en
piezas de museo. El corromperse obliga a hacerse nuevas preguntas. El
pantocrátor dejó de preguntarse ¿Quién soy? Él siempre lo supo, Yo Soy el que
Soy (con esa frase le quiso decir a Moisés “no joda, deje de preguntar lo que
no va entender, no sea tan sapo, tan lambón y tan marica”, me imagino yo).
Entonces el Padre se pregunta, ¡Aleluya! ¿En dónde estoy?
Dios
desea estacionarse en un espacio, en un lugar, en una noción topológica. Sólo
en el espacio es donde puede seguir siendo lo que es, ya que los espacios
definen a las personas; así mismo, se define él y al hijo logrando descubrirlos
en una esquina, en la playa o en un puteadero. Dios y Jesús son poéticas del
espacio. Por otro lado, esas poderosas deidades nos dan terremotos, tsunamis,
hambrunas, sequías, inundaciones. Empero ellos buscan en esos espacios nuevas
formas de evangelizar, verbigracia: el sexo, la mujer, el hombre, la buena
comida (al que la disfruta), culos, tetas y penes; nos brindan un Fernando
Vallejo, un Efraím Medina, un Gabo, un Woody Allen, una banda como Sigur Rós;
nos dieron un Mozart, un Bach, un Heidegger; nos obsequiaron la masturbación y
el orgasmo. Así que orientemos nuestras plegarias no sólo a un buen trabajo y
un buen sueldo, también a nuestras perversiones, nuestras banalidades,
frivolidades, nuestros deliciosos pajazos, nuestras vergas y sus vaginas,
nuestros placeres, deseos y flojeras.
George Bataille escribió en la Histoire
de l'oeil “las hostias no son otra cosa que la esperma de Cristo bajo la forma
de galletitas blancas. En cuanto al vino que se pone en el cáliz, los eclesiásticos
dicen que es la sangre de Cristo, pero es evidente que se equivocan. Si de
verdad fuera la sangre, beberían vino tinto, pero como sólo beben vino blanco,
demuestran que en el fondo de su corazón saben bien que es orina”. Para
Bataille era claro -en su libidinoso misticismo- que los eclesiásticos se
equivocan en la forma de enseñar quién es Cristo; ellos son los culpables de
miles de años de castración, insatisfacción y falsos orgasmos, de violencia
vulgar y descarada. El autor francés nos dice con esto que Dios y Jesús están
en cada parte de nuestro templo corpóreo y que por sí mismo ya somos
santificados como Jesús y si he de santificar al Cristo salvador lo haré si y
sólo si se masturbaba y se pervertía con su apóstol amado Juan. Así que en la
Semana Mayor, disfrutemos de la santidad de nuestro cuerpo y nuestras
perversiones, que nuestras pulsiones sean la ritualidad de nuestra mayor
iglesia, que es nuestro corazón. Así que como dijo un gran amigo “en esta
Semana Santa arrodillémonos ante lo más erótico que encontremos, un crucifijo”
y sigamos ayudando a que Yahveh y Yeshúa soporten su levedad divina porque “Vi
veri universum vivus vici… Amén”.
*Este artículo fue publicado originalmente en la Edición Nº 5 de Cabeza de Gato, especial "Espacio Público Sideral".
*Este artículo fue publicado originalmente en la Edición Nº 5 de Cabeza de Gato, especial "Espacio Público Sideral".
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